Las enseñanzas de una madre, sean palabras o hechos

Con los años, cuando mi generación empezaba a dejar sitio a la siguiente, echando la vista atrás, rescaté recuerdos valiosos de mi tiempo pasado. Mi identidad como mujer esta marcada por la enseñanza de otras ellas. La más significativa de mi recuerdo: mi madre. Por supuesto, el cuadro engloba también a mi abuela y mi tía, ambas mujeres de armas tomar y muy elegantes.

Me gusta la idea de que una madre es una parte que siempre llevamos con nosotras mismas. Basta acariciarte la piel un segundo y es como si acariciases la piel de tu madre. Imaginas su aroma y su tacto. Genéticamente, indiscutiblemente la llevas siempre contigo. Y, de repente, ahí está toda tu infancia, tu juventud, las enseñanzas de una madre, con palabras o con hechos.

Al igual que aprendía de mi madre, ella, a su vez, aprendió de la suya. Era maravilloso ver el curso de las generaciones y la armonía entre ellas. Heredando sabiduría y también piezas de joyería o pequeños toques tan especiales. En uno de mis últimos viajes, me entregaron un par de pendientes que me eran destinados hace tiempo.

De las enseñanzas de belleza, recuerdo algunas.

De adolescente, cuando mi rubio de infancia se tornó en un castaño claro -ahora lo llaman «blonde»- quise tirar del tinte convencional de raíz a puntas. Menos mal que me convenció y me instó a ir a la peluquería con una foto de cuando era pequeña (y si, rubia natural) para pedir unas mechas que no me esclavizaran, que no tuvieran efecto raíz y que replicaran ese rubio de infancia. Menos mal. De hecho, a día de hoy en peluquería pido siempre ese tono natural, californiano, playero, con efecto sun kissed. Aquella vez recuerdo que ambas salimos muy contentas con el cambio. Fue ella quién me enseño no forzar el rubio, sin importar las tendencias.

A mi madre siempre le ha gustado cuidarse. Eso no significa que utilizara un número alto de productos. Menos es más. Y aunque ella no lo expresaba con estas palabras, su rutina básica de belleza no suponía muchas cremas. Eso y repetirme por activa y por pasiva que su madre tenía la piel más suave del mundo tan solo usando una crema después de la ducha. Por eso cuando me empeño en incluir en mi rutina productos nuevos que alargan un poco más el tiempo que dedico cada día a cuidarme, me acuerdo de mi abuela, de mi madre y el bote de crema que usaba toda la vida y siempre estaba en el mostrador. Las rutinas más simples son las más efectivas. Siempre decía con orgullo su edad y que qué bien tenía la piel. Aprendí que cada piel tiene su mimo. Gracias mamá. Gracias, abuela. Menos es más.

Mi tía, hermana mayor de mi madre, era una mujer muy elegante y, además, había estado viviendo en Francia durante varios años. Por ello, el primer frasco de perfume que yo tuve era un pequeño bote, potente y sensual, como el jazmín, de perfume francés. Mi tesoro de adolescencia.

Aportó otra visión a mi herencia. Mi madre lo había aprendido y, entre los secretos que invocan con fuerza las francesas, era perfumarse la melena. Aunque puede que aquella costumbre de perfumarse antes de vestir fuera práctica, sobre todo para evitar manchas de última hora en la ropa, la realidad es que perfumarse la melena es más francés. Mi tía, mi madre y yo, a veces, vaporizábamos nuestra almohada y perfumábamos nuestra melena porque así duraba más el olor. En la ropa sigo vaporizando perfume desde lejos, sólo a veces, cosas que me recuerdan a ellas.

También he crecido viendo a mi madre cocer manzanilla que recolectábamos con nuestras manos y secábamos lentamente al sol. Un manojo de manzanilla al cazo con agua hirviendo y, una vez enfriado, este servía para el rostro, alisar la piel, reducir hinchazones aunque fueran de sueño, incluso en el agua de la bañera, unas cuantas plantas y flores que solo ella sabia, aromatizaban y calmaban. Y aunque en ese momento pensaba que era el típico truco en el que ella creía con los ojos cerrados pero sin nada que lo confirmara, mi madre tenía razón. Los expertos de nuestros tiempos lo afirman. Mi madre lo sabia de su madre y ella, de nuevo, de la suya.

A día de hoy, cuando me pongo barra de labios, recuerdo a mi abuela y a mi madre, que se pintaban los labios antes de salir de casa. Esa imagen preciosa de feminidad. Sí, las primeras lecciones de belleza las aprendimos de ellas, las madres. Los primeros trucos nos lo enseñaron ellas, algunas veces con palabras, viva tradición oral, y otras simplemente con hechos. Doy fé de que muchos de los secretos de belleza que me enseñó mi madre, queriendo o sin querer, los he visto de sobra confirmados años después, en el mundo de la moda. Más allá del clásico «desmaquillarse antes de acostarse» hay otros secretos que se convirtieron, desde mi adolescencia, en la piedra angular de rutina de belleza. Enseñanzas de belleza hay muchos. Estos son algunos que yo me quedo de mi madre para que mi generación pueda dejarlos en herencia a la siguiente.