MARTIN MARGIELA: independencia, anonimato, libertad

Martin Margiela es el diseñador de moda más influyente, esquivo y gremial de las últimas tres décadas. Es el que abraza el anonimato, quizás por timidez o al menos eso afirma John Galliano, mentor primero y amigo para toda la vida. La aversión a los focos, entrevistas y fama de Margiela es indiscutible.

Margiela es quien patentó el estilo «oversize» y el trampantojo. Subió a las pasarelas a amigos y gente de la calle, totalmente anónima. Trasladó los desfiles a lugares desprovistos de glamour y, a veces, lúgubres: andenes de metro obscuros, parkings vacíos, escuelas, depósitos. Una de las cosas más poderosas de Martin Margirla es que sabió escoger elementos populares, ordinarios y baratos y los convirtió en algo chic y emocionante. Ensalzó la humildad inspirándose en modestos tejidos de trabajo, se inspiró en los delantales de los carniceros y echó mano de materiales humildes, sostenibles, como es el corcho, la goma o el alambre. Mucho antes, Margiela se anticipó al fundamento sostenible del reciclaje. Una de sus creaciones que se convirtió en objeto de deseo: la colección TABI en todas sus versiones de calzado.

Las prendas de Margiela no llevan su nombre, sino que van numeradas, haciendo burla al protagonismo personal. Una etiqueta anónima, con cuatro puntadas, para ser descosidas fácilmente. Deshacerse del protagonismo.

Las colecciones de este creador belga con marca propia -la inconfundible Maison Martin Margiela- se diseñan en un taller donde todos los creadores visten con batas blancas y nadie es más que nadie. Solo cuenta la creación.

Sus piezas aparentan intencionalmente viejas y desgastadas. Se muestran deshilachadas, como si estuvieran vueltas del revés, desnudando sus entrañas. Margiela gira las costuras y resalta los dobladillos. En sus manos, todo lo demás parece inmediatamente pasado de moda. Son diseños resultan como a medio hacer, con la apariencia de inacabados, puros y desprovistos de cualquier exceso, en los que el interior es tan importante como el exterior.

Para complicarlo aún más, algunas prendas pueden usarse de varias formas. Un trench de Martin Margiela puede llevarse al modo tradicional o como un vestido. Margiela es el hombre misterioso y su marca lleva una etiqueta sin rostro.

Para Margiela, los años de creación cuentan como independencia, financiera y creativa, pero no rentabilidad. Lo justo para crear. No se trata de ganar dinero, pero tampoco endeudarse. Seguir creando. Lo importante siempre fue y es la libertad.

Margiela se retira en 2009, dejando su marca en manos de Diesel.

Sin embargo, incluso fuera de circulación, sigue gobernando desde la sombra. Diseñadores consagrados como Miuccia Prada, Marc Jacobs, Raf Simons y reinterpretan el legado que deja Martin Margiela una y otra vez.

Mientras a finales de los noventa las grandes firmas de moda tiraron la casa por la ventana contratando a estrellas (Tom Ford fichaba para Gucci, John Galliano para Dior, Marc Jacobs entraba en Louis Vuitton y Alexander McQueen aportaba su visión a Givenchy), es Hermès quien se sacó un conejo de la chistera, confiando su mando a Martin Margiela.

Este emprendió una renovación sutil y trasladó la clásica artesanía de Hermès a un armario moderno.

Contra pronóstico, su apuesta arrasó.

La pervivencia de su propuesta se explica hoy en día por su coherencia. Buscaba que sus piezas fueran funcionales para diferentes complexiones y edades, con el único propósito de potenciar su belleza y seguridad. Y acertó. Todos admitimos lo que Margiela ya afirmaba hace décadas.

El diseñador más escurridizo sigue comportándose igual que siempre. Los insiders de la moda, los que conocen y reconocen su cara y se cruzan con él sea en una galería, en el gran París, en una librería, han firmado un pacto de silencio para proteger la intimidad de Martin Margiela.

Como siempre ha deseado, Margiela mantiene un pacto con el anonimato absoluto y quiere que solo su trabajo sea reconocible.